Lo del viernes fue una lección. No de esas de sacar nota en un examen, que en teoría dice lo listo que eres, no, tampoco de las que te garantizan una subida de sueldo o una tarjeta tipo tríptico que dice lo que se supone que vales y todo lo que se supone que eres. No, no fue de esas. Fue de las de humildad, de las de darte cuenta de cuánto tienes que aprender de los demás, de lo terco que eres a veces con las opiniones y con las personas; de cómo pones el foco y le das importancia a lo que no lo tiene, y cómo a tu alrededor hay gente que sonríe y te da más de lo que tú has dado ese día, sin tener todo lo que tú tienes, y que teniendo, muchas veces no te hace feliz.
Era un concierto para personas sin hogar, los sin techo. Esas personas que tienen que ir a un comedor social a comer lo que haya, da igual si está calentito (igualito que para ti y para mi, que la comida diaria es un “a ver de qué balda de la nevera elijo hoy’”). Que llevan un abrigo que nosotros tiraríamos porque este año no se lleva, o ya estoy harta de verlo en el armario, y con el que están encantados porque sirve para quitarles el frío, que es realmente para lo que están los abrigos. De gente que duerme en un cajero entre cartones, donde dudamos si sacar dinero, o a veces nos cruzamos de acera cuando los vemos acercarse, o sentarse al lado en el banco del parque. Umm… no somos malos, ¡sólo humanos!
Hay mucho sinvergüenza, las cosas como son, pero también hay mucha gente con una historia detrás. Nadie ha elegido vivir en la calle. Nadie ha elegido que la vida le dé un revés de ese calibre. Y por eso estábamos nosotros allí, en el Caixa Forum, esperando que nos dieran la salida al escenario, en filas ordenadas, cosa que, por cierto, cada día vamos haciendo mejor, (intentando no hablar, que es nuestro mayor hándicap) incluso aunque te desaparezca un zapato! Siii! esas cosas ocurren, en todos los conciertos tenemos anécdotas…
Siempre interactúas con el público, y sales intentando dar el máximo de ti, pero cuando el viernes mirando hacia el frente vimos esas caras, esos amén y aleluyas, esos aplausos… creo que el sentimiento de amor y de ternura nos invadió a todos. Nos emocionó, ver que estábamos conectando con ellos y nos devolvían todo lo que dábamos.
Como siempre Él nos llenó de luz, nos hizo afinar, coordinar las coreografías, incluso las más complicadas, y todos, desde el primero hasta el último en posición (que no en importancia), sentimos lo mismo…
GRACIAS por darnos tanto, GRACIAS por dejarnos dar, GRACIAS por hacernos partícipes de esto, GRACIAS por quien me rodea, GRACIAS por ser un privilegiado y , ¡por favor, no dejes que mañana se me olvide y vuelva a perder la perspectiva!
Cuando ya íbamos a acabar ocurrió el milagro. Ese que te deja la garganta seca, que te hace cogerle la mano a tus compañeros y compañeras; ese que te hace mirar hacia arriba para contener las dos lágrimas que luchan con tu maquillaje. Una niña con Síndrome de Down sube al escenario, se abraza a Matina y empieza a cantar con nosotros mientras los demás corean la canción. Eso fue un regalo que nos hizo brillar como se ve en la foto, desde lejos, desde cerca….¡resplandor de luz y de amor! Él estaba en todos y cada uno de nosotros, arriba y abajo del escenario.
No puedes cambiar el mundo entero, pero sí que puedes cambiar un pedacito de mundo. ¿Cómo? pues es sencillo y difícil: ¡Puedes cambiarte a ti!
Nosotros íbamos a darles y nos dieron ellos más aún. Íbamos a enseñarles y nos enseñaron ellos. Probablemente será lo mejor que les haya pasado en este mes, un concierto de góspel de esperanza con mensaje de amor y de alabanza, pero para nosotros es lo mejor que nos ha pasado en todo el año gospelero. Y es que realmente El tiene sus propios planes para ti . Así es como suceden los milagros, en cosas pequeñas, en percepciones, cuando no ponemos nuestro ego o nuestro orgullo primero. Cuando le dejamos entrar y llegar a nosotros a través de los demás; cuando nos olvidamos de todo lo que se supone que somos, y sólo nos dedicamos a ser, a secas, a sentir. Entonces es cuando aprendemos que las mayores lecciones de la vida vienen de quien menos te lo esperas. Suceden sin más. Lecciones de humildad, y eso te cambia y es capaz de cambiar el mundo.
El viernes nuestro mundo fue mejor. Porque todos cambiamos… al menos durante una hora.

